En la reciente reunión en la sede de la Comunidad Regional de Punilla, se eligieron las nuevas autoridades para el próximo período. Sin embargo, la sensación que prevalece es de desconcierto sobre la utilidad real de este organismo. La elección de Fabián Flores de Mayu Sumaj como presidente, acompañado por otros funcionarios, no parece ser más que una unión reactiva forzada por la gravedad económica que golpea a los pueblos del departamento.
La Comunidad Regional se movió en una zona de grises, donde ni los propios políticos ni los ciudadanos tienen claro su propósito. Funciona como un simple trámite legal para que la Provincia baje sus planes y proyectos, más que ser un motor con ideas propias que nazcan del corazón de Punilla. La imagen de unidad que intentaron proyectar los intendentes y jefes comunales al terminar la votación tiene un trasfondo bastante menos romántico.
La falta de recursos y autoridad propia hace que la Comunidad Regional tenga un margen de maniobra muy limitado, casi atada de manos a lo que el Centro Cívico decida enviar o no. El nuevo presidente Flores fue muy claro al decir que deben estar «espalda con espalda» con la provincia porque, básicamente, si no llegan las obras es por falta de recursos provinciales y no por mala gestión local. Esto deja a los intendentes en una posición de subordinación total.
La dependencia que este organismo tiene del Gobierno Provincial es tan grande que termina pareciendo más una oficina administrativa del gobernador que un ente autónomo que defienda los intereses de la región. La ausencia de figuras importantes, como el intendente Fabricio Cardinali, y el hecho de que otros mandatarios estuvieran «de vacaciones» justo en este momento de recambio, pone un signo de pregunta sobre qué tan sólida es realmente esa unión de bloques que tanto pregonan.
La Comunidad Regional tiene un problema fundamental: no tiene una identidad propia y no puede tomar decisiones efectivas por su cuenta. Los propios protagonistas reconocen que están atrapados en una «trampa» que ellos mismos o sus antecesores ayudaron a construir durante los últimos 40 años, donde la política y la gestión se mezclaron de una forma que hoy les impide ser eficientes.
En este contexto, la gente pide más ayuda que nunca, y los intendentes deben arreglar no solo lamparitas o levantar la basura, sino también brindar remedios del PAMI, salud y educación que la Nación o la Provincia no cubren. Es una realidad difícil donde la necesidad de «humanizar la política» choca contra estructuras viejas que no se terminan de renovar, dejando al vecino de Punilla en el medio de una gestión que quiere cambiar pero que sigue atada a viejas mañas y a una dependencia económica que no le permite despegar.


