El gobierno de Javier Milei ha llevado a cabo una medida inédita en la historia política argentina, al decidir quitar las acreditaciones a todos los periodistas que trabajan en la sala de prensa de la Casa Rosada. Esta decisión inscribe a la gestión libertaria en el club de los gobernantes que prefieren no tener periodistas cerca a la hora de gestionar.
La noticia ha generado un frenético intercambio en la Casa Blanca, donde libertad con algunas restricciones se vive en La Moneda chilena, el Planalto brasileño y Londres. Sin embargo, en Managua, El Salvador y Budapest, el silencio es atronador y hostil.
Aunque varios de los socios internacionales naturales del libertario prefieren intentar llegar a una convivencia armónica con los representantes de los medios sin romper puentes ni denunciar, la realidad es que la Casa Rosada ha cerrado las puertas a la prensa. Donald Trump, considerado el principal aliado de Milei, respeta algunas reglas básicas en el vínculo con la prensa acreditada.
En la Casa Blanca hay una sala de prensa generalmente desbordada de periodistas, con lugares asignados para los medios tradicionales. Los periodistas pueden acceder al denominado jardín sur y ver el descenso de Trump del helicóptero que lo traslada desde y hacia la Casa Blanca.
En La Moneda chilena, el presidente conservador José Antonio Kast mantiene la tradición de subir a los acreditados al avión presidencial para que cubran sus salidas al exterior. En el Planalto brasileño, los periodistas que cubren al presidente socialista Luiz Inácio Lula da Silva tienen asignados espacios y una sala en la planta baja del edificio.
En Gran Bretaña, el vínculo con la prensa se mantiene inalterable. El grupo de periodistas que cubre las actividades del Gobierno asiste cada día a conferencias de prensa del vocero de Downig Street, en el edificio pegado a la residencia del primer ministro.
En contraste, en El Salvador, el presidente Nayib Bukele ha llevado adelante desde hace años una virtual guerra contra los medios. Los periodistas que cubren al gobierno han sido objeto de ataques y acciones judiciales concretas, lo que ha culminado con el cierre de cualquier espacio para la prensa en las cercanías del despacho presidencial.
En Nicaragua, Daniel Ortega y su esposa, Rosario Murillo, han construido un muro inexpugnable para la prensa, incluso para la oficialista. «Es que no es solo que no hay una sala de prensa, es que Ortega y Rosario Murillo no dan entrevistas. Ningún periodista puede acercarse a hacerle una pregunta», relata Aníbal Oruño, exiliado en Estados Unidos luego de que el gobierno sandinista cerrara y confiscara radio Darío, un medio crítico del oficialismo.
La decisión del gobierno de Milei ha generado un clima de incertidumbre y temor entre los periodistas, quienes se sienten excluidos y marginados. La pregunta que todos se hacen es: ¿Qué significa esta medida para la democracia y el periodismo en Argentina?


